3.5.10. Director 2008: Víctor Estrada Portocarrero – CMLP32

Desde muy pequeño tuve la influencia de familiares, tíos, primos y amigos del Ejército en los que vi las grandes virtudes de seguir la carrera militar.

Mi tío, Don Victor Estrada Bracamonte, integrante de la VIII Promoción, fue siempre uno de mis modelos a seguir, con la particular característica de recordar siempre con cariño las anécdotas que tuvo en sus días de internado, algo que para un niño de trece años lo lleva a soñar un sinfín de cosas vistiendo ya el uniforme. Gracias a él es que tuve el honor de ser un flamante Cadete del Colegio Militar Leoncio Prado.

Desde transición, como así se llamaba el inicio de nuestra educación, hasta el segundo año de secundaria, estuve en el Colegio Agustiniano “San Martin de Porres”. En este querido plantel, los días lunes religiosamente se impartía la misa, y no existía él ¡Atención! ¡Descanso! ¡No se mueva! ni el ¿Qué me mira Cadete?
A mi padre, en presencia de mi tío Vitín, le expresé mi deseo de querer ingresar al Colegio Militar; había que postular, dar exámenes físicos y de conocimientos: “Bueno hijo, seguirás la tradición de los Leonciopradinos de la familia”.

Mis amigos del colegio me decían, ¡Oye, ¿qué vas a hacer?!, pero ya no había retorno, me preparé, estudié e ingresé y hasta hoy creo que soy el único que dio el paso del religioso San Martín al Militar Leoncio Prado. Toda una aventura.
Recuerdo claramente mi primer día, como integrante de la XXXII Promoción, que nos formaron y nos llevaron a las cuadras, unos ambientes tan amplios y antiguos que me parecieron muy raros, pero donde encontré mis primeras prendas militares dobladas en la cama, embolsadas y nuevas. Ese momento en el colegio quedó marcado en mí, es decir el orden y la disciplina con que nos condujeron y nos guiaron a ponernos por primera vez el uniforme militar; por eso cuando tuve la oportunidad de ser Director del colegio, dediqué especial preparación y cuidado en la forma de recibir a los trescientos (300) nuevos Cadetes del tercer año en el 2008, sabía que ese momento para ellos, y también para mí, iba a ser inolvidable.

De 43 compañeros de aula, ahora tenia 405; gente de lugares que no conocía, era demasiado para mi como para todos los que ingresaron, desde ya un gran reto que el mismo colegio por su conformación te lo da, pero a la vez permite el rápido y veloz desarrollo de los niveles de tolerancia, porque tienes que lidiar, no sólo con las nuevas circunstancias del entorno, sino con los nuevos compañeros, que al igual que tú, no sabían quienes eran, pero que con el correr del tiempo terminarían para siempre como tus hermanos. Como Director tuve presente este aspecto del desarrollo emocional de los Cadetes y siempre les inculque el compañerismo y espíritu de cuerpo, algo fundamental para la formación de una buena promoción.

Nuestro colegio nos enseña desde pequeños grandes cosas, como por ejemplo el compañerismo, la amistad, aprender a valorar a los tuyos, al sueño, al tiempo y la comida, de ser casi independientes a temprana edad y lo beneficioso de portarse correctamente. Nuestro colegio es único.

Todos estos mensajes fueron claves cuando tuve el honor de ser Director y estoy seguro que cada uno de los que llegó los tuvo en cuenta, pensando que no eran sólo alumnos a los que teníamos que dirigir, sino a hermanos menores a los que teníamos que educar. Por esta razón el ser Director es un compromiso y una responsabilidad consigo mismo y con toda la comunidad Leonciopradina, por lo que siempre solicité y valoré los consejos y recomendaciones de mis hermanos ex directores, Gral Rafael Hoyos, Gral Abilio Fox y del Gral Richard Pitot a los que tuve permanentemente como apoyo inmediato para consultar tal o cual cosa, porque en el colegio las decisiones se toman ya y cien veces al día.

Mi designación como Director fue uno de los momentos más importantes, no sólo de mi profesión sino de mi vida. Mi carrera estuvo siempre orientada a la instrucción y educación del personal militar, la que llegó a su máxima expresión cuando fui designado en este importante puesto. Traté de impartir una educación sólida e integral, la misma que con el ejemplo recibido de alumno tenía la obligación de devolver, sabiendo que me convertía, al igual que mi tío, en un modelo a seguir.

A los Cadetes de 5to año los interné un mes en la Escuela de Paracaidistas para un curso especial que se les programó y a los Cadetes de 4to año a la Escuela de Comandos, con asignaturas de supervivencia, tiro con armas ligeras, primeros auxilios, marcha por rumbos, etc, con la finalidad que reciban de nuestro Ejército una instrucción militar actualizada. Hoy esos Cadetes, al igual que nosotros, miran la vida diferente, no hay obstáculos.

Los directores nos apoyamos en el personal militar, personal civil y profesores; una gestión tan particular e importante no es responsabilidad de un solo hombre, es de las cientos de personas que sirven en el colegio, que conocen mucho más que nosotros y que al igual que cada Leonciopradino lleva en su corazón el “Alto el pensamiento, como una bandera”.

En estos 75 años de vida institucional, es justo un reconocimiento a ellos, a todos los alumnos egresados y deseo enviarle un fuerte abrazo a cada hermano Leonciopradino de las presentes y futuras generaciones, agradeciendo siempre a Dios por haberme dado la oportunidad de ser Director del mejor colegio del Perú.

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