Florecer en el otoño

JJLL2018, 
Certamen Cultural, Poesía
Categoría 10: Medalla de Bronce
Keneth Lynch – CMLP53

 

El frío invierno había alzado vuelo ya y el canto de las aves anunciaban el asomo de una resplandeciente era primaveral. El sol radiante invitaba a la celebración y Avelino habría de reemplazar sus fieles abrigos lanosos por las entrañables guayaberas que desde hacía años lo acompañaban.

Eran ya las 11 de la mañana de aquel viernes de finales de setiembre y al otro lado de la ciudad, el médico esperaba alegre a su cada vez más desgastado paciente. Presuroso y algo agotado, entró Avelino en el consultorio luciendo el perfecto alforzado de su caribeña camisa y estrechando la mano de su sanador, entonó en alusión a su regreso, un pedacito de la famosísima canción de Miró:

Todos vuelven a la tierra en que nacieron,
al embrujo incomparable de su sol,
todos vuelven al rincón donde vivieron…

El chequeo de rutina duró como diría Sabina “lo que dura dos peces de hielo en un güisqui on the rocks” y felizmente no arrojó novedad alguna. Avelino debería seguir cumpliendo el tratamiento como lo venía haciendo. Solo eso.

En la calle, el humor de la ciudad se sentía y el ruido de los vehículos atormentaban las horas de quienes tienen que correr para vivir. El semáforo cambió de color y una multitud acelerada cambió de acera, todos galopantes cruzaron la avenida, menos él. Avelino permaneció inmóvil frente a esa ola humana tratando de entender el ritmo de estos tiempos, lucía algo despistado y sin rumbo, como quien no entendiese nada de lo que pasaba a su alrededor hasta que sobre su hombro cayose una palmada que inmediatamente lo restituyó a la realidad.

El asombro era indecible. Ninguno de sus proféticos sueños lo habían alertado de aquel reencuentro. La emoción invadió su mente en fracciones de segundo con recuerdos añejos que incluso daba por olvidados. Avelino no podía creer lo que estaba viviendo, más de medio siglo había transcurrido desde aquella despedida que sin duda marcó la vida de ambos, desde aquel último beso que selló para siempre el amor que han de tenerse dos seres que nacen para amarse el uno al otro.

Cincuenta y tres años después, su inspiración primera estaba frente a él. Rosaluz había vuelta a la vida de aquel hombre casi marchito de la forma más insospechada posible en medio de una muchedumbre testigo de ocasión de un reencuentro inaudito e imposible. Avelino y Rosaluz habían coincidido sorprendentemente en el mismo espacio y tiempo después de incalculables lunas. Rosaluz talvez, ya no era la cimbreante morena de aquellos años, pero seguía siendo su amor primero, y eso estaba por encima todo: el primero y quizás el único.

Sin pronunciar palabra alguna y tan solo con la complicidad perfecta de sus miradas, ambos decidieron apartarse imaginariamente de la vereda que los albergaba y se volvieron a encontrar en la plazuela de toda la vida. Estaban nuevamente allí, un viernes otra vez, un viernes de salida, un viernes tan deseado como el viernes de hoy, un apacible viernes como la Lima de esos tiempos, ideando el futuro que estaba ya a la vuelta de la esquina y que no cabe duda, sonaba a rock and roll.

Las cartas de amor, las canciones cómplices y la moda de la época, alborotaron este amor juvenil. El verano del sesenta y seis, fue testigo del desenfreno acalorado de dos corazones ávidos de todo. Rosaluz, ondulada por donde la veas había jurado amor eterno a un delgado joven con nombre de héroe nacional.

Los planes iban y venían al compás de las olas en un extenso y calmo mar, sentíanse ellos dos aves volando en un infinito cielo con la libertad de aquella era contestataria pero muy peace and love a la vez, sin imaginar probablemente que las ansias locas de una vida a la medida quedarían varadas en ese mismo océano, en el fondo de esa densa masa de agua que no afloraría tan fácilmente.

Los años juveniles de ambos se nutrieron de experiencias mil. Ciento de anécdotas le dieron forma a un romance ingenuo y febril, sin vacilaciones ni cálculo, viviendo con la más plena de las libertades.

Rosando entre lo prohibido y lo lícito decidieron vivir el día a día con todas las facultades que el mundo les otorgaba, sin detenerse a pensar en lo inminente, tan solo deseando ver crecer este amor como la hacía aquella sombra cuando el sol empezaba a declinar.

Y ciertamente, la inocencia de los dieciséis los hizo idealizar un mundo que quizás no existe y era ese mismo candor el que hizo que vivieran en la proporción de la vida, tan básica y trivial, con espejismos y fantasías, dejando el corazón latir al ritmo de cuanta emoción puedan encontrar en la naturaleza de su verdadera razón de ser, sin imposiciones ni obligaciones, mucho menos con abusos y exigencias que a la postre distorsionan la real esencia de la propia existencia humana.

Pero la vida era otra cosa y Avelino y Rosaluz tenían que hacerle frente en algún momento. La realidad hostil que se manifiesta silenciosa y ruda, no se hizo esperar y viró imprevistamente el destino de estos nóveles sobrevivientes. Sus vidas se bifurcaron al mismo tiempo que sus aspiraciones. No hubo ocasión para preguntas ni respuestas, tan solo fueron mudos testigos del arrollar súbito de quien pareciera no importarle nada.

Sin embargo, el recuerdo estaba intacto y el resentimiento no cabía en sus corazones. La esperanza acuñada en sus pieles permitió resistir estoicos, firmes y serenos, esperando durante años, la revancha de una lucha sentimental que auguraba el más noble de los triunfos de un amor que habría de ganarle la batalla al infortunio y al aciago desenlace temprano de un par de vidas.

Y fueron esas mismas vidas quienes le sacaron la vuelta a la adversidad, un viernes cualquiera, un viernes impensado, un viernes que supo esperar también para ser compinche de un reencuentro anunciado. Esas mismas vidas que mas de medio siglo después habrían de juntarse estaban allí, en este viernes memorable, sacándole la lengua al designio de un futuro ingrato, cuestionándose nada, queriendo tan solo vivir sin plazos ni prisas e intentando fusionar otra vez sus corazones en medio de una marejada humana que no entendía el verdadero sentido de la esperanza y que veía atónita como aún se puede florecer en medio de un nostálgico otoño.

Ver florecer la primavera en el preciso otoño de sus vidas, fusionando otra vez sus corazones

Deja un comentario