Un enviado del cielo

JJLL2018, 
Certamen Cultural, Poesía
Categoría 9: Medalla de Bronce
Renzo Jarama – CMLP51

 

“… Ese niño necesitará mucho amor, su aprendizaje puede parecer lento a veces, sus logros los mostrará de a pocos y necesitará de mucha ayuda de los padres que tendrá allá abajo. Quizá no corra, ni ría, ni juegue, sus pensamientos parecerán muy lejanos, en muchas maneras le será muy difícil adaptarse y será conocido como un niño especial, así que tenemos que poner mucho cuidado a donde lo enviaremos, pues queremos que su vida sea feliz…”
(Conversación de los ángeles del Señor)

Buscaba una historia y paradójicamente nunca pensé que la tenía tan cerca de mí.

Daniel es un joven autista y pertenece a nuestra familia. Concurre rigurosamente todos los domingos a casa de su abuela Judith, y su talento reside, más que otras capacidades que podemos conocer de este síndrome, en su afecto hacia su familia en los momentos en que no se abstrae a su mundo interior.

Tuvo un desarrollo normal hasta los dieciocho meses de nacido y, sin motivo alguno dejó de hablar para siempre, se aisló de este mundo, empezó a desarrollar conductas repetitivas, se negaba mirar a los ojos; abandonó el contacto visual y rechazaba el contacto físico con las personas; lo llamaban por su nombre y no respondía, a tal punto que pensaron que era sordo. Además, sus movimientos eran lentos para su edad.

– Ahí empezó nuestro periplo, nuestra vía crucis – comenta su madre, una mujer muy emprendedora que no se dejó abatir ante las circunstancias. Su esposo solicitó licencia laboral y partieron a Lima en la búsqueda de un diagnóstico y pronta recuperación; mientras en el niño se recrudecía su hipotonía muscular y continuaba aislándose, viviendo su propio mundo, en su insondable cosmovisión interior.

Las limitaciones, tanto económicas de la familia, producto de la crisis y el desgobierno de ese entonces, así como el incipiente desarrollo en este Perú tercermundista en el campo de las investigaciones y tratamientos médicos adecuados y en particular sobre estos casos, no se hicieron esperar. Todo era un cuadro desalentador.

La activa colaboración de su hermano mayor (por dos años) Gustavo, fue crucial en esta etapa y en todo momento, desarrollando un alto grado de responsabilidad con las tareas asignadas y asimilando los métodos de rehabilitación como un verdadero terapeuta en prolongadas jornadas.

El Dr. Del Águila, de CEPAL, marcó el derrotero; les recomendó el Centro de Educación Especial Ann Sullivan, dirigido por la doctora Liliana Mayo – recuerdan con mucha gratitud -. Ahí Daniel empezó su vida académica. “Piensa en mí como persona” rezaba un cartel en el patio del centro, según relata su padre.

“…Le damos nuestra más cálida bienvenida a la familia Ann Sullivan…” decía el documento que recibieron después de varios exámenes. – como si informaran sobre su ingreso a la universidad, u obtenido una beca; fue su primer éxito académico –, afirmaba muy orgulloso.

– “Recuerden siempre que aun cuando presente la conducta inapropiada más severa, es una persona que merece todo nuestro respeto” les remarcaban en el Centro. Los logros fueron positivos: Independencia, comunicación, avances substanciales en lo académico. Muchos son los nombres de las profesoras que le tocaron a Daniel y las recuerdan con nostalgia y gratitud. Hay una que destaca en la memoria de Daniel, su profesora Iris Vidal, nombre que asocia con todo lo que se refiere a enseñanza.

Dos años después volvieron a Iquitos con la esperanza de integrarlo a la sociedad y en especial a una escuela normal, conocedores de los beneficios de la integración educativa, sin exclusiones, para que asimile de nuevos modelos, obtenga genuinas amistades, logre la sensibilización de los que lo rodean, pues está probado científicamente que la integración funciona. La realidad fue otra.

Daniel fue creciendo y desarrollando una serie de aptitudes, a la par con su hiperactividad. Sus padres no podían dejar de lado lo referido a “sano esparcimiento”, así que se volvió un asiduo concurrente al Club Tennis de Iquitos en donde tenía que practicar mucho la natación, uno de los deportes más completos, para mantener el tono muscular. Su forma de nadar no es convencional; nada como un delfín, bucea y revolotea en el agua con gran destreza. Hace volteretas y evoluciones que causan admiración. Los baños en el río, a orillas del Nanay, en el Club “Caza y Pesca” quedaron vedados para Daniel por las aguas turbias, en donde buceando desaparecía y aparecía causando continuos sobresaltos entre su padres, hermano y socios del club.

También le encanta el columpio, pero le re-direccionan su conducta por cuanto de esta manera se sumerge a su mundo interior desconectándose de la realidad, cosa que se tiene que evitar constantemente para impedir recidivas. Tenía un hermoso trompo de luces a colores, pero, igualmente, se evita su uso indiscriminado por las mismas razones que del columpio y otros juguetes, entre ellos un plato de metal, cuyo sonido al girar al parecer le encanta, así como también otros artículos que lo llevan a su universo insondable.

Daniel recibe el cariño y afecto de sus familiares, amigos y vecinos, es amante de la naturaleza y lo demuestra en sus caminatas por los bosques y el Parque Quistococha. Desconoce, a veces, el peligro, por lo que necesita constante vigilancia. No obstante, es obediente en la mayoría de las oportunidades, como cuando pasea en moto con su padre, recibiendo, ambos, el reproche de su madre y su abuela.

La perseverancia, tolerancia y pasión de sus padres es indescriptible, sin límites. He podido observar en poco tiempo que su madre es quien le prodiga cuidados dentro de casa, impartiéndole enseñanzas, exigiéndole cumplir con sus tareas escolares o domésticas. Tiene destreza en el manejo de los aparatos electrodomésticos, en especial los equipos de sonido. No domina aun, eso sí, el “Nintendo”.

Recientemente está aprendiendo el manejo de la computadora. Su padre, además de enseñarle el uso de estos equipos, es responsable de enseñarle a comportarse “como todo un caballero” a donde lo lleve, acompañándolo a diversas gestiones, en los bancos, de compras, de pagos y principalmente de paseos. Le encanta el ceviche y los anticuchos de corazón. Un gran desafío está por venir, quiere aprender a montar bicicleta. Será toda una proeza para él. Sus rutinas y nuevas ocupaciones cada día van en aumento.

Sus máximos logros en la actualidad son: su presentación personal (aseo y vestimenta), independencia (movilidad), habilidades domesticas (cocina, limpia, arregla), recreación (natación, caminatas), académica (escritura, sumas simples), vocacional (hacer collares y otras manualidades).

Me sorprendió al visitarlo, el cuadro (sin vidrio, por precaución, como el resto de objetos en su casa) que pende en una de las paredes de su dormitorio y pertenece a la Primera Epístola a los Corintios, que dice:

“El amor es compresivo, bondadoso y no tiene envidia;
no presume ni se engríe;
no es grosero ni egoísta;
no se enoja ni es rencoroso;
no se alegra del mal de otro sino que goza con la verdad;
todo lo disculpa;
crece sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites,
¡El amor todo lo puede!”.

El día que fui a despedirme de él, yo estaba lleno de nostalgia. Sucede que Daniel no entendía quién era yo. Era su otro hermano mayor, no lo conocí sino 25 años después, cuando me reconcilie con mi padre, y lo fui a visitar. Yo tampoco sabía nada de él.Le expliqué que viajaba a Lima porque yo vivía allá, y asoció inmediatamente el viaje en avión(única vía rápida para salir de esa parte de la Amazonía)y se alegró por ellocon esa su sonrisa eterna y pícara a la vez.No manifiesta inmediatamente sus sentimientos o sus emociones, pero sé que me extrañará con el transcurrir de los días, como yo ya lo extraño a él.

En algunas conversaciones posteriores con mi padre, me dijo que a veces pregunta por mí, por aquel “enviado del cielo” que vino a visitarnos.

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