El Siberiano

JJLL2018, 
Certamen Cultural, Poesía
Categoría 7: Medalla de Bronce
Rolando Pimentel – CMLP40

 

Transcurría el año 1984, me encontraba como cadete del 3er año en el CMLP, era uno de los más de 350 “perros” de la XL promoción. Había llegado al colegio militar por decisión propia, haciendo un largo viaje desde una soleada ciudad para llegar a las húmedas instalaciones del famoso colegio junto al mar. Desde el primer momento, la vida era más dura y más difícil de lo esperado pues nunca imaginé tener que hacer “plantonazos” a los 13 años de edad hasta las 2 am. o 3 am. sobre los roperos junto a toda la sección, pero igual, tenía que ser consecuente con mi decisión y debía continuar a pesar de las dificultades. Con el pasar de las semanas me fui acostumbrando a la vida en el CMLP. Nuestros suboficiales eran cada uno más estricto que el otro pues no había otra forma de hacerse respetar con tanto palomilla. Recuerdo siempre a nuestro Suboficial de sección Oscar Amaut, severo caballero cusqueño que no dudaba en usar su manguera de un metro para imponer el orden o para acelerar la formación. Amaut aplicaba el manguerazo para sacar el “demonio” a los traviesos adolescentes y el famoso “exorcismo” de Amaut llegaba a veces hasta a 20 manguerazos con el cadete en posición de planchas cuando las travesuras del infractor superaban los límites permitidos… También viene a mi memoria el implacable Suboficial Luis Reyme Flores, que siempre era el primero en formar con su uniforme verde olivo de oficial, con los borceguís charolados, con brillo al agua, dando ejemplo de marcialidad. Reyme era uno de los más temidos a pesar de su baja estatura. Era el malo que no dudaba en hacer ranear por cualquier falta y poner papeletas; constantemente hacia rondas y los cabreados sufrían más sus castigos. Reyme fue el solitario habitante de la espeluznante Siberia y esto le hacía más siniestro aún.

Y así pasaban mis días de perro en tercer año. Está demás decir que los momentos de mayor felicidad se daban con las salidas. Desde el jueves ya estábamos sacando brillo a los botones del uniforme para tenerlos relucientes el viernes, soñando con ver a nuestros familiares y descansar bien durante el fin de semana, pero un viernes de esos, al momento de alistarme para salir, me doy cuenta que habían hecho “boyo” a mi ropero y alguien se había llevado mi kepí, cosa que me dejó muy desmoralizado. No recuerdo cómo fue que por casualidad ese día encontré a Reyme, le di parte del problema y él tuvo el gran gesto de regalarme un kepí algo maltrecho y como supongo que me vio abatido, me regaló también una vieja palapico de esas que tenían almacenadas oxidándose en la Siberia. “Levanta la cabeza, cadete, no por las huevas llevas ese cordón de distinguido”, sentenció esa vez Reyme como apoyo moral al entregarme la palapico. Está demás decir que hasta hoy atesoro ese artefacto como una reliquia de mis años de cadete.

Luego de egresados y ya cuarentones y con la vida resuelta, con frecuencia nos reunimos con los promocionales en el popular restaurante “El Lomito” para recordar nuestras aventuras en el CMLP. Muchas veces hemos tenido la suerte de contar con el suboficial Amaut en las veladas e inclusive celebramos cada año su onomástico, como una forma de ser agradecidos por los dos años que fue nuestro suboficial en el colegio y si bien recordábamos también a otros buenos instructores, siempre quedaba la enigmática figura de Reyme en la incógnita. Nadie lo había visto en ningún reencuentro, nadie sabía nada de él. Era como un fantasma penando, atrapado en la lúgubre Siberia después de tantos años.

Por cosas del destino, en el año 2017 me encargaron organizar el reencuentro de mi promoción en el CMLP y personalmente me puse el reto de llevar a Reyme, cueste lo que cueste. Empecé mi búsqueda en las bases de datos de la Reniec, de la Sunat, de Infocorp, de Essalud y toda pesquisa daba resultados confusos. Fue muy difícil encontrar a Reyme, le busqué por todo Lima, desde los cerros de San Juan de Lurigancho, donde figuraba su dirección en la Sunat, hasta una demolición por la av. Sáenz Peña en el Callao, dirección que indicaba su ficha de la Reniec y una dirección incompleta que dejó en la av. Paseo de la República en su ficha de Essalud, para al final encontrarle prácticamente por eso de que “el cadete es mago”, en las partes más alejadas de Carabayllo. Con Reyme quedé en encontrarme a las 3 pm a unas cuadras de su casa y por la lejanía y el tráfico llegué a las 5:30 pm, pero él seguía bien cuadrado a esa hora en el lugar acordado. Me invitó a su hogar donde pude conocer a su feliz esposa. Su pequeña casa lucía impecable, llena de recuerdos y adornos militares. Se le humedecieron los ojos al recordar el colegio, le tembló la voz al rememorar esos viejos tiempos, confesó que admiraba mucho a los cadetes que siendo casi niños aguantaban con valentía la rigurosa vida militar y por eso siempre trato de dar el ejemplo de disciplina, pulcritud y hombría. Dijo que jamás fue malo, pero había a veces había que ser severo y joder para hacerse entender mejor; luego mostró una profunda decepción diciendo qué hay mucha gente malagradecida de mierda, porque hasta su cadete, un mentado general de brigada, le negó, y nunca nadie le invitó a un reencuentro y por eso nunca regresó al CMLP, para que no digan “a qué viene este viejo huevón si nadie lo invita” (sic)…después Reyme preguntó por su entrañable Siberia y guardo un minuto de silencio cuando le comenté que había sido completamente demolida, todo su rostro mostraba una infinita tristeza, se le hizo un nudo en la garganta y probablemente en ese minuto de silencio le dijo un adiós a la Siberia desde lo más hondo de su corazón. Luego habló de muchos “secretos” ese viejo edificio, los misterios de la Siberia quedaron resueltos, al final, no habían “cadetes sin cabeza” ni espíritus chocarreros ahí vagando por las noches, sino lo único terrorífico ahí era el abandono y la completa indiferencia. El tiempo pasó volando, las historias fluían a raudales, Reyme recordaba vivamente cada detalle, el tiempo casi no había hecho mella en su memoria, como si en su curtido rostro, en sus canas…Nos despedimos con un efusivo abrazo de amigos que se encuentran después de décadas, él ya no recordaba esa historia del kepí y la palapico, talvez fue algo trivial e insignificante para él, pero para mí fue algo tan importante y memorable, un ejemplo de generosidad y solidaridad inolvidable.

Y llegó el día Sábado 26 de agosto, día del reencuentro Leonciopradino, personalmente me encontraba completamente agotado por el ajetreo de organizar esta reunión para la promoción con el reto de convocar por primera vez a muchos de nuestros instructores y hacerles el reconocimiento debido. Reyme me llamó al celular a la hora acordada y pidió que le esperara en la entrada principal del CMLP, para poder llevarle hasta la formación de la XL promoción. Fue muy grato verle elegante, orgulloso, acompañado de su hijo escritor, se notaba la alegría desbordando su ser, con una enorme sonrisa. Se observaba una gran satisfacción en su mirada al recibir el saludo multitudinario de cientos de excadetes de diferentes promociones que probablemente él ni recordaba como a mí tampoco, pero que se le acercaban a cada paso como a una celebridad. Varios excadetes intentaron sin éxito “secuestrar” a Reyme para llevarle como trofeo de guerra a que les acompañe en sus formaciones, pero Reyme cumplió como caballero su palabra de acompañar solamente a la XL promoción hasta el final. Desfiló encabezando nuestra formación, con el mismo ímpetu y marcialidad con la que recordaba haberle visto hace más de 33 años. Luego ya en el toldo de la XL promoción, dio un excelente discurso donde hablaba de sus experiencias como suboficial en el CMLP y fue ampliamente vitoreado por los “cuadragésimos” que aprovechaban cualquier oportunidad para tomarse un selfie para la posterioridad con el entrañable y legendario suboficial…

Tal vez Reyme había soñado con ese momento por mucho tiempo, de regresar a su hogar, al colegio que entregó tantos años de su vida, probablemente había esperado por décadas reencontrarse con sus cadetes, que, si bien antes le temían por estricto, ahora ya de adultos, comprendían el valor de sus enseñanzas, del mismo modo que los hijos muchas veces solo comprenden a sus padres, cuando después de muchos años a ellos mismos les toca educar a sus propios hijos. El tiempo se encarga inexorablemente de poner las cosas en su lugar y curar las heridas.

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