El poncho negro

JJLL2018, 
Certamen Cultural, Poesía
Categoría 6: Medalla de Bronce
Angel Román – CMLP37

 

El pueblo de Chuquinga, está ubicada en una de las márgenes del río Chalhuanca, al pie de enormes cerros, se extienden en un par de hileras, las avenidas troncales que conforman el poblado, a cuyos lados se levantan casas de rojos tejados. La plaza principal tiene una iglesia antiquísima, de la época colonial y que en tiempos de la expedición libertadora de Simón Bolívar, fue utilizado como lugar de acantonamiento de sus tropas. En su frontis se levanta un polvoriento terraplén que cuando niños lo utilizábamos como campo de fulbito o punto de encuentro para nuestros juegos. Los pobladores por otra parte solían reunirse en los alrededores a pastar a sus carneros o las señoras a hilar en sus feroles las lanas ge alpacas y merinos.

Todas las tardes, pasaba por el centro de la plaza, Don Celestino Dongo, un viejo lugareño de Maucachaca que llevando un burro cargado en canastas de pan, ofrecía su producto a los vecinos de Chuquinga, que a veces le compraban su mercancía con monedas o a cambio de otros alimentos que el viejo Celestino recaudaba en un enorme costal de harina. Siempre iba enfundado en un poncho oscuro y una gorra de paño, sin importar si eran días calurosos, su vestimenta siempre era la misma, por lo que los chismes de tertulias en tragos del vecindario, aducían que el viejo no tenía hábitos de higiene y aseo, por lo que le apodaron el “Poncho Negro”.

Yo era muy niño cuando ya era general en el pueblo el comentario al viejo panadero y entre la collera del barrio era frecuente ocultarnos entre las pircas y el follaje de las enredaderas de los caminos y gritarle -Poncho Negro-. A lo que el viejo interrumpía su caminata para vociferar a gritos su rabia iracunda – Qangra majtata. Carajo, voy seccollar carajo- blandiendo su bastón, amenazaba a los recovecos de las calles y después de que se retiraba, nos despachábamos en risas y celebraciones por esas rabietas, que solíamos repetir todas las tardes. Tiempo después, en una tarde nos enteramos de que el viejo panadero había muerto, por lo que después de velarlo fue traído al cementerio de Chuquinga, que se ubica a las espaldas de la iglesia del pueblo, para enterrarlo. En su tumba, sus familiares colocaron una enorme cruz de madera que se utilizaba para la fiesta de Santa Cruz de Maucachaca, de la cual Don Celestino era devoto y que en adelante, representaba una visión ostentosa de la tumba de ese viejo a quien tanto habíamos hecho renegar en vida.

La leyenda pueblerina se encargaría posteriormente de mitificar al finado en numerosos comentarios en la que se le adjudicaban ahora como un alma en pena que asolaba por las calles del pueblo en horas de la noche, buscando especialmente a aquellos que le habían mortificado e insultado, escabulléndose en los corrales y potreros, espantando a los animales y algunos chacareros que salían por las madrugadas para el regadío de sus chacras, juraban haberlo visto por los canales de regadío, blandiendo su bastón de palo y su costal al hombro. Lo cierto es que entre los niños y mozalbetes se proliferó una psicosis colectiva que nos metía en casa antes de las ocho de la noche y entre las viejas beatas que se congregaban en la iglesia, le dedicaban al “Poncho Negro” rezos y oraciones para el descanso eterno de su alma.

La fiesta de San Pedro y San Pablo, es celebrada como una de las fiestas centrales del pueblo de Chuquinga, en ella, se concentran numerosos paisanos que llegan desde la capital, acompañados de sus familias y se quedan en el pueblo por la temporada festiva, visitando las casas, conociendo Chalhuanca o yendo a los baños termales de Pinccahuaccho. En la víspera del día central se realizan corridas de toros en un improvisado coso taurino en el centro de la Plaza de Armas y como acto extremo de la ceremonia, se realiza el Yawar Fiesta, en donde un cóndor vivo es atado por las patas al lomo de un toro que es soltado al ruedo. El ave en su desesperación empieza a picotear a la bestia en la cabeza, que a su vez se enfurece y empieza a atacar a quien se le ponga delante. Se han dado casos en que la bestia desesperada y con el rostro totalmente ensangrentado, salta por el ruedo y embiste a los espectadores, se escapa por el centro de la calle principal del pueblo y ataca a los transeúntes ocasionales. Habiéndose dado casos de muertes por estos hechos, pero a gusto de la población se consideraba una buena ofrenda de sangre.

Durante una víspera en la fiesta pueblerina yo había retornado a Chuquinga procedente de Abancay, donde estaba realizando el primer año de estudios en Ingeniería agraria y volver a la tierra resultaba gratificante a encontrarme con mis familiares y amistades, con quienes se podía departir y añorar buenos tiempos, galopar caballos por los senderos y las chacras, ir de pesca al río o someterse a una de esas sesiones hirvientes de los baños de Pinccahuaccho, en donde terminabas en un estado de relax desmedido, que te quitaban los dolores del cuerpo. Volver a encontrarse con los amigos de infancia, era sin embargo el mejor de los motivos, pues tras la misa central en la iglesia, se realizaba una verbena que congregaban a todos los devotos y visitantes y al compás de bandas y grupos musicales, se daba rienda suelta al baile y a libar buenas botellas de cañazo o chicha de jora que la abuela “Pituka” solía preparar en porongos o pipas de barro, así como degustar de cuyes chactados, picantes de cochayuyo y por las mañanas, una buena ración de lagua acompañada de trozos de queso y choclos tiernos.

Esa noche me encontré con Fernando, Martin y Roberto, quienes venían desde Lima y hacían sus estudios en la capital y mientras nos deleitábamos con buenas botellas de licor, se apareció el flaco Santicha quien retornaba de sus vaquerías por las pariciones de becerros. Estuvimos libando por muchas horas, recordando tiempos de infancia y los proyectos a futuro. En un lapso de nuestras tertulias; salió a colación la imagen de don Celestino Dongo y la forma en que nos divertíamos a sus expensas y las rabietas que le ocasionábamos, por lo que se volvió en el centro de nuestras conversaciones, especialmente las leyendas de su alma en pena. Sin embargo en toda francachela, siempre llega el momento de la estupidez irracional y así como por una cuestión de testosterona, los hombres del pueblo se flagelaban a huaracazos en las desnudas pantorrillas, Roberto lanzó un reto, tomando un largo clavo en una mano y una piedra en la otra exclamó -Entregó dos carneros maltones a quien le ponga este clavo en la cruz de la tumba del “Poncho Negro”-. En estos momentos La oferta resultaba tentadora para los que allí estábamos, pero yo vi que a Santicha le brillaron los ojos e hizo un rapto de abalanzarse sobre las manos de Roberto. La acción sin embargo era una lucha con nuestros temores y traumas de infancia, sin embargo pudo más la ambición de Santicha quien tomando los implementos que ofrecía Roberto exclamó -Yo lo hago. Esos carneros los quiero mañana- y entre nuestras risas y el inicio de sus temores, se enfundó su poncho y se calzó su pasamontañas trasponiendo los portales oscuros del cementerio, se adentró a la búsqueda de la Cruz, de donde no volvió a salir nunca mas.

Presumo que mi pobre Santicha quiso realizar rápidamente su tarea, por lo que se dirigió rápidamente hacia la enorme cruz del viejo Celestino y a medida que avanzaba, la lucha entre la adrenalina y el miedo que le invadían se iba incrementando de manera acelerada. Al llegar a la cruz de la tumba, tanteo rápidamente uno de los brazos de madera en donde empezó a clavar desaforadamente con la piedra, pero el pobre no se había percatado en la oscuridad que el clavo había sido puesto encima de las comisuras de su poncho, por lo que al término de su tarea y con el alma en vilo, decidió salir corriendo del lugar, siendo en esos momentos que el poncho atascado en el clavo, lo tiro de la garganta y cayó pesadamente de espaldas sobre los bordes de la losa donde quedo sin vida, sin embargo dentro de su exaltada acción temeraria, el debió haber sentido claramente la mano del viejo panadero a quien tanto mortificaba y seguro que también escucho esa voz con que nos increpaba -Qangra majtata. Carajo-.

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