Decisiones ochenteras

JJLL2018, 
Certamen Cultural, Poesía
Categoría 3: Medalla de Bronce
José Reynoso – CMLP35

 

Era la madrugada del 10 de agosto de 1980 y se levantó Lito para viajar desde Huancaya hasta Lima con sus padres. Eran casi las dos de la mañana y debían ir a caballo y una acémila con carga hasta un pequeño poblado llamado Llapay por donde pasaba el bus interprovincial de la empresa “Alvarado” que bajaba desde Laraos a las 5 de la mañana. Felizmente, la luna llena iluminaba el camino de herradura que contorneaba caprichosamente el impredecible rio Cañete a su paso por la provincia de Yauyos. Todo iba bien. Como que “Todo va viento en Popa”.

Sin embargo, al llegar a Llapay, Lito y su familia recibieron una mala noticia: ¡el bus los había dejado! pues pasó antes de lo usual y ya no hay más buses disponibles hasta el día siguiente. Esto realmente preocupó a Lito pues era cadete del 2do año de ESEP del Colegio Militar “Leoncio Prado” y tenía que internarse a las 22:00 horas pues ese día acababan sus vacaciones de medio año. ¡Él tenía que ir si o si al colegio, sino estaría a punto de “Armarse la de San Quintín”.

Lito era muy puntual y disciplinado y no podía faltar al Colegio, pese a las circunstancias. “Debo ir como sea–dijo él”. Preguntó a un comerciante local sobre otras maneras para viajar a Lima y este le dijo “Tienes que ir hasta Magdalena, allí hay carros que salen de Yauyos hacia Cañete y de allí puedes tomar otro carro para Lima”. “Algo es algo y menos es nada”.

Lito recordó que en el año 1979 había realizado una marcha de campaña, entre caminata y trote, de 40 km entre el Colegio Militar y la playa “La Chira”. Entonces Lito preguntó al comerciante: “¿Cuántos kilómetros habrán más o menos desde Llapay hasta Magdalena, 40?”. El comerciante respondió: “No, mucho.”. Lito insistió: “¿Serán 20 kilómetros?”. El comerciante dijo: “Sí, más o menos”. Lito se infló de valor y decidió partir y pensó “A lo hecho, Pecho”.

En ese instante, Lito visualizó que esa era la única manera de poder salir de ese problema. Agarró su mochila y se despidió cariñosamente de sus padres con un beso en sus mejillas quienes no tenían la misma urgencia de viajar y estaban preocupados. Lito les tranquilizó diciéndoles: “No se preocupen, el año pasado he corrido 40 kilómetros y estos 20 kilómetros no son nada”. “¡Eres bien decidido hijo!”, exclamó su madre orgullosa. Lito pensó:” A tal palo, tal astilla”.

Entonces Lito empezó a correr por la húmeda carretera de trocha. Eran 6 de la mañana, hacía frio y casi mecánicamente comenzó a entonar las mismas estrofas de los cantos que hacía en el Colegio Militar. De cuando en cuando, caminaba para “descansar” pero luego continuaba corriendo al paso ligero.

“Uno, dos, tres, cuatro, cuatro, tres, dos, uno”, murmuraba para darse valor. El camino continuaba, tenía hambre y un poblador ermitaño amablemente le invitó una taza de avena. Preguntó cuanto más faltaba y seguía corriendo. Aguas abajo, al pasar bajo unas peñas donde se estrecha el valle del torrentoso río Cañete, vio que en la carretera habían caído peligrosos cactus desde las peñas. Pero lo que más le impactó es ver ¡una serpiente en la sierra!, cuyo cuerpo aplastado apenas se distinguía. “¿Habría sido aplastado por el bus que me dejó en la madrugada? Lito murmuró”

“Ayayay cantaba el chancho, cuando lo estaban capando y la chancha le decía, lo mejor te están sacando”, continuaba cantando Lito recordando todos los momentos en que salía a correr con sus compañeros del Colegio Militar a las cinco de la mañana por el estadio con olor de los chanchos de la granja. El cansancio llegaba a sus piernas, pese a sus escasos quince años, pero el corazón y su mente le decían que debían seguir para llegar al Colegio en la noche. Felizmente tenía físico. Como que “Mente sana en cuerpo sano”.

Luego de correr casi cuatro horas, apareció una camioneta que bajaba de Yauyos y le llevó hasta Catahuasi. Lito viajó en la tolva y de vez en cuando ágilmente bajaba para quitar alguna rama o piedra de la carretera para seguir el camino. Eran profesores de una escuela rural y él se sintió contento. Al llegar a Catahuasi se despidió de los profesores y esperó a otro carro para viajar. La travesía continuaba.

La tarde avanzaba y apareció un bus que iba a Cañete. Luego de algunas horas observó en el cielo algo indescriptible: El mejor eclipse de sol que vio en toda su vida. “¿Quién podrá contar que vio un eclipse en pleno viaje en bus por una carretera rumbo a Lima para internarse esa noche en el Colegio Militar? pensó él”.

De acuerdo a lo planeado, Lito se bajó en Cañete y se puso a buscar el paradero de los buses para viajar a Lima. Los terminales estaban saturados de estudiantes por que terminaban las vacaciones escolares. Lito entonces prefirió tomar un auto colectivo para Lima, de mayor costo pero para asegurar su llegada a tiempo al Colegio Militar. Entonces partió el auto y luego de dos horas, cerca de Lima, el auto colectivo le pasó al inconfundible ómnibus de color crema y verde de la empresa Alvarado. “¿Quién iba a adivinar toda la aventura que estoy pasando por culpa de no haber alcanzado a ese bus murmuro Lito”.

Llegó a casa presuroso, se bañó, se puso su uniforme de salida azul y tomó el primer taxi que apareció. Lo malo es que el taxista le iba a cobrar más caro que lo que costó el viaje de Cañete a Lima. Este era el tercer carro que tomaba Lito: primero de Magdalena a Cañete, luego de Cañete a Lima y ahora de Lima a La Perla. “-Vamos, a la tercera va la vencida” dijo Lito al taxista.

Después de cruzar el portón principal del Colegio Militar antes de las 10:00 de la noche, tal lo planeado, Lito sonrió y pensó: “Nadie, pero nadie podrá creer todo lo que he pasado hoy para cumplir mi objetivo de estar a la hora para internarme en el Colegio, ¡Misión Cumplida!”.

Ya en su cuadra, se cambió en ropa de pijama y se acostó no sin antes recordar todo lo sucedido, agradeció a Dios por haber guiado su camino, pensó en sus padres y sobre todo en la última frase que le dijo su madre al despedirse: “Eres bien decidido, hijo”. Ahora, acostado en su camarote y acompañado del silencio interrumpido por las olas del mar de La Perla, Lito demostró así que las decisiones tomadas fueron las correctas, dando ejemplo y orgullo a sus padres que los Leonciopradinos están preparados para afrontar los retos superando todos los obstáculos que se presenten. Ahora solo tocaba descansar para que mañana inicie un nuevo día en la rutina militar con más ejercicios, estudios y así seguir poniendo a temple como dice su himno del Colegio Militar: “Recio el Corazón”.

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