Cuando mi mujer ya no me ama

JJLL2018, 
Certamen Cultural, Poesía
Categoría 7: Medalla de Plata
José Farje – CMLP43

 

Cuando mi mujer ya no me ama,
me mira a los ojos
y ama lo que soy más allá del amor.

Y es que cuando se me cae la piel y su durazno,
ella aprovecha, metaboliza la cama, la mordida, el sudor.
Así cosecha un corazón dos corazones hambrientos como jauría.
Ella me afeita los blancos años indiscriminados.
Con sus manos de pan, asfixia mi rutina de horca,
mis tautologías, con sus llagas sospechosas.
Con la leche de sus ojos, me engendra perfecto frente
al espejo perenne.
Con su hablar entorno y allá,
me acurruca con sus desmontes de esencias imperecederas.
Mujer que ama la sangre y no el cuchillo,
la mirada y no el anteojo
el tacto y no el guante
el sueño y no el sombrero

Mi mujer me mira, me amontona.
Interrumpe palabras como agonizantes elefantes en mi garganta.
Armada tan solo con su cuerpo desnudo
cuerpo sin nudos con sumas y verdes y gritos.
Me cata con ese pequeño perverso pericote
que pulula entre su nariz y mis cejas.
Es que en la sombra de mi mediodía la voz de sus ojos habita ya
como una vaga desbaratadura o un irremendable garabato o tal vez…
No sé

Mujer, tú sí que sabes dónde están las letrinas de mi alma.
Por eso, nunca apagaste las velas de mis ojos pidiendo un deseo.
Dime ¿dónde todavía por siempre tú y yo nos damos?
«Ya me debo ir. Es tarde». Eso dices mientras
dentro de tu boca todo deja de ser lo que es.
La manzana roja deja de ser manzana verde
la lluvia, de ser caprichosos precisos
y yo dejo de ser yo y tú
para ser ese algo que amas y no amas.
Ese algo que ronronea en tu alma asidua de mí,
cotidiana de mí
que tiende todas las noches la mesa sin mesa, la mesa de dos ángulos.

Nos decimos palabras que ya nadie escucha cuando cierra los ojos
como hurtado eco o prosternado abismo.
Abato mis alas que chivatean cual curiosas candelas,
pues a lo largo del entonces yago trenzado contigo mismo.
¡Qué voy a hacer sin ti
cuando te vayas después de que te fuiste!

Aviene humo ausente de tu muralla sin puertas,
de tus puertas sin huecos, de tus huecos sin grietas, de tus grietas sin puentes.
Pensé que había perdido mi sinfín porque,
mientras mi lengua de humano reptil mezcla tus equívocas avellanas,
quiero escuchar a la serpiente de la cama de polvorosas aguas,
caldo que mina los ratos de tu cuerpo.
Perdimos nuestra casa que nunca tuvimos.
¿Dónde está?
Se escapa como una jaula de viento que relincha
y ya no te quieres casar contigo otra vez sino todas las noches.
Yo siempre creeré que somos trébol de una hoja

Cuando mi mujer ya no me ama
me mira a los
ojos
y ama lo que soy más allá del
amor

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