La falacia del macho peruano

Ari Caramanica – Harvard University, Anthropology, Post-Doc

Tanto en el pasado como en el presente, los hombres han llegado a extremos para reclamar incluso un poder simbólico sobre la reproducción.

La actual epidemia de feminicidio en el Perú se ha atribuido a esa enfermedad crónica en América Latina: el machismo. La conversación en torno a estos delitos enmarca el problema como un brote, una consecuencia de la educación inadecuada, o una parte de la vida en el mundo en vías de desarrollo. Es difícil aceptar que una brecha en el currículo escolar resulte en 113 condenas por feminicidio en un año.

Aunque el machismo está supuestamente arraigado en la cultura masculina latina, ni siquiera es endémico en la región. Historiadores han rastreado sus orígenes hasta la época de la conquista española. En contraste, la dinámica prehispánica del género andino era mucho más compleja que el statu quo moderno. La evidencia arqueológica revela una rica tradición de mujeres líderes en la religión, la política e incluso en la guerra. Entonces, ¿por qué seguimos llamándolo machismo, como si fuese algo particular, cuando en el resto del mundo se le conoce como misoginia?

La ciencia ha descartado esta narrativa. La idea de un imperativo biológico que hace a los hombres “naturalmente” mejores en ciertas tareas proviene de una teoría antigua, y ahora difunta, llamada el “dilema obstétrico”. Esta sostenía que la biología femenina estaba adaptada para dar a luz, pero no para otras tareas como cazar. En la actualidad, no se encuentra pruebas que respalden esta vieja teoría. Incluso entre las sociedades de cazadores-recolectores modernas, las mujeres continúan caminando hasta 9 kilómetros por día, a menudo mientras llevan y alimentan a un bebe.

De hecho, algunos psicólogos evolutivos y antropólogos creen que el origen de la misoginia está relacionado con la inseguridad masculina sobre su inferioridad biológica.

Esta teoría parte del supuesto de que el objetivo de cada organismo es transmitir su material genético. Los varones mamíferos son inferiores a las hembras en esa competencia: mientras que a las hembras se les garantiza que cada una de sus crías porta sus genes, los varones están constantemente luchando por la oportunidad de transmitir su ADN. En resumen, en el reino animal (¡y eso nos incluye!) la mayoría de los varones son efectivamente obsoletos en el proceso reproductivo, al no se necesitarse tantos para mantener la tasa de natalidad.

Algunos hombres actúan sobre estas inseguridades mediante la apropiación, control o degradación del cuerpo femenino –fenómeno conocido como “la envidia del útero”–. Tanto en el pasado como en el presente, los hombres han llegado a extremos para reclamar incluso un poder simbólico sobre la reproducción. Entre los antiguos mayas, los hombres de élite perforaron sus penes con espinas de raya en un esfuerzo por emular la menstruación. Hoy, este fenómeno se manifiesta a través de la desigualdad salarial o leyes antiaborto. Si esa idea es difícil de aceptar, pregúntese: ¿por qué mientras que en la mayoría de países occidentales los medicamentos como el Viagra están cubiertos por un seguro médico, los tampones no? Quizás esto explique por qué después de una acusación de agresión sexual, nos preguntemos qué llevaba puesto la víctima, pero rara vez cuestionemos si el perpetrador masculino vestía jeans ajustados. Ambas preguntas son igualmente ridículas.

El número de feminicidios en el Perú en el último año supera a las muertes causadas por el dengue y el zika combinados, haciendo que la violencia contra la mujer se encuentre entre los problemas de salud pública más urgentes en el país. Para inocular a las generaciones futuras, tres cosas deben suceder: la prensa necesita dejar de estar tan fijada en la lógica de los perpetradores y estar más interesada en explicar cómo estos actos misóginos afectan a las víctimas. Además, los hombres deben asumir un papel más activo en la crianza de sus hijos e hijas (el Estado puede ayudar al continuar promulgando políticas como el permiso paterno remunerado). Y finalmente, los hombres necesitan responsabilizarse unos a otros cuando se encuentran participando o apoyando tácitamente la misoginia.

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